Con el acogimiento familiar “Creas un vínculo para siempre”

acogimiento familiar

Malvina Menin (52) es maestra desde hace 30 años y “madre de tránsito” desde hace dos. Así son llamadas las mujeres que se hacen cargo de los chicos sin hogar hasta que un juez resuelve su destino. En 2010, Malvina acogió a Martín, entonces de ocho años, quien a los tres meses fue dado en adopción definitiva. En 2011, recibió a Cecilia, una chica de 17, embarazada. Su vida, por lo visto, no ahorra en emociones, llegadas, crianzas, despedidas.

Malvina trabaja en el colegio Wolfsohn de Belgrano, pero ella quería abrir las puertas de su casa a chicos en circunstancias especiales. Por eso, en 2009 se presentó en Ieladeinu, una ONG de la comunidad judía que cuida a menores que perdieron definitiva o temporalmente a su familia de origen.

La primera vez

Para ser admitida como madre de tránsito hay que aprobar distintas evaluaciones, hacer un curso de capacitación y someterse a la supervisión de la institución responsable. Al poco tiempo de inscribirse, apareció la posibilidad de recibir al primer niño. Al estar divorciada, Malvina sólo tuvo que consultar a su hijo David, entonces de 21 años, quien se entusiasmó con la idea de agrandar la familia. Fue así como llegó Martín, hoy de diez años. “Todo se dio de una manera muy natural. Yo lo ayudaba con la tarea todas las tardes, estaba atenta a sus actividades y lo acompañaba a los partidos de fútbol de los sábados. Pero, aparte de eso, mi rutina no se modificó”. Dos meses y medio después -la situación legal de Martín estaba muy avanzada- empezó a acompañarlo en el proceso de adaptación con los que hoy son sus padres adoptivos. “Fue una linda experiencia. Hace dos años de eso, y ahora somos muy amigos, salimos a comer todos juntos”, se alegra.

Una hija, una nieta

Un año más tarde, apareció Cecilia, de 17 años, embarazada. Su historia se repartía entre dos instancias dolorosas: “Hasta los 7 años había vivido con su familia de origen, donde sufrió maltrato y abuso. Después estuvo 10 años en un hogar”, relata Malvina.

Un juez resolvió que Cecilia necesitaba conocer el calor de una familia antes de convertirse en madre. Ahora llevan nueve meses viviendo juntas. La beba nació en marzo. Desde ese momento, Malvina se asumió en el rol de abuela. Su primer reto fue transmitirle costumbres que, de tan hogareñas y comunes a la vida familiar, resultaban novedosas para Cecilia: “No sabía prender un fósforo. En el supermercado, compraba varios paquetes chiquitos en lugar de uno grande. Salir y entrar del departamento con una llave propia o quedarse sola, fueron experiencias nuevas para ella”, cuenta.

Con los días, Cecilia se fue acoplando al estilo de vida de su mamá de tránsito: “Para mi cumpleaños, pegó una cartulina con un mensaje en la pared, lo mismo que había hecho yo con el nacimiento de su hija”, se enorgullece. Para Malvina, cuando un chico se siente elegido, cuidado, querido, “empieza a descubrir todo lo que tenía encerrado dentro. El afecto tiene un poder inmenso”, asegura. Cecilia desarrolló la capacidad de proyectar un futuro. Además de retomar el secundario -está en cuarto año-, ahora dice que quiere estudiar para recibirse de abogada. Abogada de familia: “para hacer justicia”.

El factor “vínculo”

“Mi misión es acompañarlos con todo lo que traen en su mochila, cargársela un ratito y sacarles un par de ladrillos para que vayan más livianos”, describe. Pero Malvina sabe que no es “impermeable” a los sentimientos y necesitó elaborar la cuestión: “Mi desafío fue aprender del apego y el desapego, hasta que entendí que si uno analiza bien la cuestión puede hacer y hacerse bien”, explica.

Por otra parte, “el encariñamiento es necesario, inevitable, positivo. Cuando un chico está en condiciones de querer a alguien es porque está sano. Percibir esto, verlos capaces de generar un vínculo y sentirse felices me hace entender que estoy cumpliendo con la razón por la que me dedico a esto”.

Contra lo que muchos podrían sospechar, el aporte económico que percibe de la institución para hacer frente a los gastos, no constituye un salario, un sueldo. “Esto nadie lo hace por dinero; lo que te dan se destina a necesidades puntuales de los chicos”.

Huellas de vida

El efecto que el “acogimiento familiar” tiene en los chicos siempre es reparador. Por lo general ellos vienen con historias difíciles, complicadas, y “en un ambiente de familia pueden ver que uno prepara comida casera, habla todos los días por teléfono con su mamá, le dice te quiero a su hijo y no lo maltrata. Si el chico está a tiempo de incorporar esos comportamientos, puede revertir su camino. Yo me sorprendí cuando Cecilia apodó ‘Ternurita’ a su beba. Las mujeres que no han experimentado un contexto de amor, suelen poner sobrenombres como ‘Cucarachita’ o ‘Feíta’ a sus bebés”, señala Malvina antes de compartir un episodio que ayuda a comprender el origen de su vocación.

Con sus padres emigrados a Israel y una larga lista de mudanzas, Malvina atesora recuerdos de sus 52 años de vida. Hay, entre otras cosas, fotos y juguetes. Unas semanas atrás, se dispuso a hacer limpieza en el ropero de su hijo adolescente y encontró algo que la conmovió. Era un viejo libro titulado Una abuela en un zapato, que narra la historia de una anciana que adopta chicos que perdieron a su familia. “Me quedé helada. Fue descubrir una huella de mi biografía. Creo que uno, sin darse cuenta, siempre busca lo que quiere”.

Si bien reconoce que ya no adoptaría a un chico, Malvina planea seguir como madre transitoria: “Una siembra algo que cambia el curso de vida de los chicos. Me hace bien saber que los que vayan a pasar por mi casa sepan que siempre tendrán alguien con quien contar”.

El caso de Elida

Elida Jouas (53) años, es artesana y vive en Ushuaia. En 1996, comenzó a cuidar niños en situación de riesgo. Por su hogar ya pasaron dieciséis chicos, entre ellos, Maia, su hija adoptiva. En 1989, Élida se mudó a Ushuaia con sus dos hijos y su marido, un enfermero de la Armada que pasó al hospital de la Base Naval Austral.

Durante un curso de puericultura, conoció a quien sería la Directora de Minoridad y Familia. “Un día me llamó para pedirme ayuda en una emergencia. Había una beba de tres meses, abandonada, y no conseguían un hogar de transición. Sorprendida, mi respuesta automática fue ‘no’, pero después consulté con mi familia y decidimos que lo haríamos”. Toda la familia fue citada para una evaluación psicológica y así llegó “la primera hija prestada. Yo los llamo así porque ellos son como mis propios hijos, que también dejaron mi hogar para buscar una vida mejor, crecer y convertirse ellos mismos en padres. Es la ley de la vida”, entiende.

A muchos de los niños, los recibió recién nacidos. Eran víctimas de abandono o violencia hogareña. Sin embargo, después de tratamientos psicológicos y por decisión de los jueces de minoridad, la mayoría regresó a sus hogares de origen. Otros, en cambio, fueron adoptados por familias: “Estos padres agradecen infinitamente porque pudieron conocer todo de cada chico, desde sus costumbres y mañas, hasta sus primeras fotos o el ombligo que dejaron caer”, se enorgullece.

En algunas ocasiones, Élida chocó con diferencias culturales que resultaron enseñanzas. “Un pequeño de tres meses lloraba desconsoladamente; no podía dormirse. Yo no encontraba el motivo, hasta que me di cuenta de que era hijo de gente del norte, con otras costumbres. Entonces aprendí, como ellos, a cargarlo embolsado a la espalda o al pecho. Así se dormía en la más perfecta calma”.

La reina de la casa

Lo más duro que le tocó vivir fue un caso de una bebé que había sufrido un maltrato severo con sólo un mes de vida. “Llegó en coma al hospital y estuvo casi un mes con respirador. Se salvó por el esfuerzo del grupo de terapia intensiva neonatal”, cuenta todavía conmovida. “Cuando fui a retirarla, me dijeron que no podían garantizar nada, desconocían el daño cerebral con el que iba a quedar. Tampoco sabían si podría caminar o hablar. Lo seguro era que no podría ver. Yo estaba todo el tiempo con Maia en los brazos, besándola hasta el cansancio”, recuerda.

Cuando creció, Maia sufrió episodios de autismo, “pero nuestro perro labrador los presentía y no le permitía ausentarse, le lamía la cara y la tocaba con su pata, hasta que ella lo miraba”. Hoy, la nena tiene 13 años y es “la reina de la casa”. Élida explica que se les permitió la adopción porque los especialistas determinaron que “si la quitaban de nuestro lado, todo lo que se había logrado recuperar en ella, podía perderse. Hoy Maia habla, canta, baila, usa la computadora, disfruta de la tele, es una persona llena de amor y transmite mucha paz”. Pero, sobre todo, “tiene una vida por delante”.

Acerca de los ingresos, Elida desmitifica la creencia: “Existe el mito de que las familias de acogimiento tenemos buenos ingresos, pero esto no es así. Hay mucha gente comprometida con el programa, que tiene menores a cargo, aun cuando sus ingresos son muy justos”, señala. Ella percibe un subsidio para la manutención de cada niño que pasa por su casa: “Actualmente, nos pagan $ 900 por mes, pero hemos estado un año entero sin cobrar esa ayuda”, dice. Y como para que no queden dudas, aclara: “Esto es como un don, se lo hace lisa y llanamente por amor, no puede ser de otra manera”.

Opiniones. Matilde Luna, líder de la Red Latinoamericana de Acogimiento Familiar, observa que una estructura institucionalizada provoca desarraigo, aislamiento, baja autoestima y soledad en el niño, mientras que “el acogimiento familiar otorga referentes, enseña costumbres domésticas y permite al niño sentir pertenencia y estabilidad”. Analía Ferraces, Psicóloga del Programa de acogimiento en la Asociación Civil Camino del sol, complementa: “El acogimiento familiar es la respuesta más respetuosa para el niño, y la mejor forma de que el vínculo con su origen, sea cuidado y fortalecido”.

Fuente: http://www.entremujeres.com

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