La mejor decisión

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Un dicho popular proclama que «el niño que se parece al padre honra a la madre». Esta frase anticuada –y hasta cierto punto machista –se la oí decir hace tiempo a una matrona bastante mayor (imagino cuántos niños, cuántas historias y cuántas circunstancias habrá visto esa mujer en su larga vida profesional). Esta máxima es –lógicamente –aplicable tan sólo a los hijos biológicos. Pero no es la única diferencia que hay entre los hijos “naturales” y los adoptados. En el orden ilógico de este blog he decidido intercalar aquí un breve texto que contiene algunas estúpidas reflexiones sobre estas diferencias. Y es que quisiera deshacer el mito de que la maternidad/paternidad por adopción debe parecerse lo máximo posible a la biológica.

Soy una persona muy crítica, todo lo cuestiono –de nuevo para desesperación de mi mujer –y todo lo analizo. Debe ser deformación profesional. El caso es que durante la adopción viví situaciones que no habría conocido de no haber iniciado este camino, situaciones que también fueron objeto de mis reflexiones.

Un argumento que esgrimen los profesionales de la adopción es que esta debe ser lo más parecida posible a tener un hijo biológico. No sé exactamente a qué se refieren porque no es lo mismo tramitar que fecundar; ni por qué razón lo pretenden, quizá para justificar que en el procedimiento no se permite la elección del sexo del hijo que tanto se desea y evitar las pretensiones de los padres en este sentido (recuerde el lector que una de las principales razones por las que me decidí a adoptar era tener una hija).

Pero a mí esa pretensión de paralelismo me parece baladí y sin el más mínimo fundamento. Yo encuentro más diferencias que similitudes entre ambos procesos, y es que ni por asomo se puede comparar un artificioso y árido procedimiento administrativo con la tarea, mucho más natural e incomparablemente más placentera, de procrear.

No es lo mismo hacer el amor que rellenar una instancia, lo primero lo haces con tu pareja en la intimidad, mientras que lo segundo tienes que hacerlo con algún funcionario de la Administración Pública.

La instancia debes presentarla en una ventanilla del órgano administrativo correspondiente, pero la concepción, mucho más cómoda, puedes hacerla en casa y tumbado en la cama.

El procedimiento de adopción, si llega a buen fin, no sabes cuánto va a durar, en el caso del embarazo sabes a ciencia cierta cuál será su duración máxima.

Durante el embarazo las visitas se hacen a la clínica ginecológica, mientras que el trámite de la adopción pasa reiteradamente por la notaría.

Son tantas las diferencias que podríamos hacer una tesis sobre este asunto. Por eso no deberían hacernos creer que es equiparable la adopción con la concepción. No pretendo que adoptar consista en elegir sobre un catálogo de niños, me parece aberrante, pero no estaría de más que las instancias de las Administraciones que trabajan esta materia fueran un poco más receptivas y flexibles con las preferencias de los padres.

Me parece contradictorio que para salvaguardar el “parecido” entre ambas formas de tener descendencia no dejen elegir el sexo, ¿por qué, sin embargo, los adoptantes deben ceñirse a un estricto rango de edades?

Como creo haber demostrado (aunque a mí me parece simplemente evidente), ambos procesos son muy diferentes, pero esto no quiere decir que adoptar sea peor que fecundar, simplemente son cosas distintas, aunque en ambos casos el fin sea tener descendencia.

Pero hay algo en lo que sí se parecen, y es en la ilusión que en todo momento acompaña a los padres. Yo he sentido momentos de dicha durante la espera, sobre todo cada vez que alcanzaba algunos de los principales hitos: al conseguir el certificado de idoneidad, al registrarse el expediente en China, el recibir la preasignación, al ver sus fotos por vez primera, y en otros muchos momentos que recuerdo vívidamente pero de los que es difícil explicar las emociones que se sienten. Pero sobre todo en el momento de recoger a nuestra hija.

Y a pesar de las evidentes diferencias y de los pocos parecidos, sí hay algo que es exactamente igual en los dos casos, y es que ambos son auténticos actos de amor.

Volviendo al –en mi opinión erróneo –axioma de que ambas formas de tener hijos sean lo más parecida posible evitando así la posibilidad de elección, creo que es una forma de dejar en manos del azar la asignación de la criatura, sin embargo en este sentido me parece más coherente la forma de actuar del Centro Chino de Adopciones (CCAA)  el cual, según tengo entendido, intenta aplicar criterios de afinidad en el emparejamiento de los niños y niñas con sus nuevos padres, aunque a veces este criterio pueda ser tan peregrino como asignar a una niña que tenga nombre de flor a un padre que tiene como profesión la de jardinero. Claro que esto lo hacen cuando no tienen más datos en los que basarse, y como suele decirse, la intención es lo que vale.

Una vez que el expediente es registrado en el CCAA pasa por diversas salas dependiendo de la fase en que se encuentre el procedimiento, y cuando sale de la sala donde lo revisan formalmente, pasa a la sala de emparejamientos, o “matching room”, donde se asignan de los hijos a los padres (o al revés, porque en verdad no sé cual es la forma más adecuada de decirlo). Los criterios que se utilizan en esta sala están basados en la información que poseen de los solicitantes, como es la profesión o los pasatiempos de los aspirantes a padres. De esta forma, si en el expediente figura que a los padres les gusta la música y en el del niño o niña también, probablemente serán emparejados. Si a los padres les gusta el deporte y el niño es muy activo puede ocurrir que los emparejen. También en esta sala intentan satisfacer las preferencias de los adoptantes. Y si en los expedientes no aparece información personal suficiente, entonces miran las fotos y realizan el emparejamiento basándose en el aspecto físico. En este caso pueden buscar coincidencia en los rasgos. Tere y yo comentábamos durante el viaje lo increíble que era cómo algunas de las niñas de nuestro grupo se parecían tanto a sus padres adoptivos.

Alguien me dijo una vez que mi hija tenía cierto parecido conmigo.

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