«No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos», Friedrich Schiller, dramaturgo alemán. Creo que para todos los que hemos adoptado hijos esta frase no necesita comentarios.
Después de la carrera de obstáculos que supuso obtener todos los documentos, y una vez registrados en el centro CCAA, sólo cabía esperar. Todo se encontraba ahora en manos de las autoridades chinas para la adopción, y allí yo no podía hacer nada que aligerara el procedimiento.
Tuvimos mucha suerte en la asignación porque aproximadamente en la fecha en que nuestro expediente entró en China se produjo un punto de inflexión en el tiempo que el CCAA tardaba en tramitar las adopciones. Cuando iniciamos los trámites el tiempo que tardaban en asignar a las criaturas se iba acortando cada vez más, y una vez que se produjo nuestra asignación, los tiempos comenzaron a alargarse inexorablemente. El caso es que transcurridos seis meses desde que el expediente fue registrado, recibimos la carta para la asignación. Un auténtico récord.
Yo estaba en el trabajo y Tere me llamó por teléfono.
—Acaban de avisarnos de la ECAI para decirnos que ha llegado nuestra asignación a la Consejería de Asuntos Sociales y que en pocos días nos llamaran de nuevo para concertar una cita y conocer a nuestra hija en fotos —me explicaba más nerviosa que alegre.
Yo también me puse muy contento y alterado. Creo que se me notaba en la cara porque mis compañeros me miraban extrañados mientras hablaba por teléfono.
Todavía tenían pocos datos para darnos, pero nos dijeron su nombre, la región de donde procedía y su edad. Tere me deletreó su nombre. Y yo, en letras grandes y mayúsculas que ocuparon todo un folio, escribí: MEI XIU DI.
Me puse tan alterado que no podía concentrarme en el trabajo, así que pedí permiso y me marché a casa.
A la semana siguiente nos llamaron de nuevo para concertar la cita en la que conoceríamos a nuestra hija en fotos. El mismo día de la cita Tere tenía un examen de Historia, y como no queríamos aplazar ni un momento el encuentro fotográfico con nuestra hija decidimos que tras su examen saldríamos corriendo para la cita. No sé cómo lo consiguió, pero a pesar de los nervios y de las prisas, Tere aprobó el examen.
Llegamos a la ECAI con el corazón desbocado, y sobre la mesa nos pusieron el dossier con todos los documentos que habían llegado desde el CCAA. Nosotros oíamos sin prestar ninguna atención las explicaciones que nos daban porque nuestro interés y nuestros ojos se centraban en buscar entre los papeles las fotos de la niña. Por fin aparecieron.
El dossier contenía cinco fotografías. Una de tamaño carnet y con fondo rojo mostraba a una niña de cinco o seis meses, mofletuda y con el pelo negro y muy corto. En otra foto que parecía haber sido hecha el mismo día se la veía apoyándose en un trípode de juguete para poder mantenerse en pie. Y en una tercera foto con la misma edad aparecía conduciendo una especie de carricoche. En las dos siguientes fotos ya era más mayorcita y se la veía en una plaza con jardines de lo que supusimos era el orfanato, probablemente estaban hechas poco tiempo antes de remitírnoslas, y en ambas tenía puesto un vestido rojo muy llamativo, en una tenía una pelota en sus manos y en la otra estaba conduciendo una moto de juguete. Estaba preciosa, era una niña realmente guapa.
Tere y yo mirábamos las fotos con detenimiento, pero nuestro estado de nervios nos impedía desvelar todos los detalles. No obstante pudimos sacar algunas conclusiones más, aparte de lo bonita que era. Lo que más llamó nuestra atención fue que en todas las fotos su rostro reflejaba tristeza. También parecía estar algo asustada, probablemente no estaba acostumbrada a que le hicieran fotografías y estaba viviendo circunstancias nuevas.
Los pocos juguetes que se veían en las imágenes aparentaban estar completamente nuevos, parecía como si sólo los utilizaran para las poses fotográficas. Y mi deducción no debía estar muy equivocada porque en otras ocasiones en las que he tenido la oportunidad de ver fotos de niñas de ese mismo orfanato los juguetes eran los mismos y estaban igual de nuevos. Incluso las niñas llevaban la misma ropa.
Yo tenía un nudo en la garganta, pero no lloré, ni Tere tampoco. Las circunstancias y las emociones nos superaban. La principal sensación que recuerdo de ese momento es la de que, nada más verla, ya sentía que esa niña de las fotos era mi hija. Por tanto nuestra hija ya no era una desconocida para nosotros, ya conocíamos su rostro y su nombre, y si durante todo el tiempo que llevábamos en el proceso de adopción tuvimos ganas de tenerla con nosotros, ahora esas ganas se habían convertido en necesidad.
Firmamos la aceptación sin dudarlo y a partir de ese momento todo el esfuerzo iba dirigido a preparar el viaje a China para recogerla. Se nos hacía muy duro saber que teníamos una hija de la cual apenas sabíamos nada pero a la que ya queríamos inmensamente, y que se encontraba a diez mil kilómetros de distancia. También nos preocupaba mucho no saber si estaba lo bien cuidada que nosotros deseábamos que lo estuviera.
Las emociones nos habían quitado el apetito, pero en el camino de regreso a casa paramos a tomar algo, aunque más que para comer lo hicimos para ver de nuevo las fotos de nuestra hija ahora que habíamos conseguido tranquilizarnos un poco.
Antes de llegar a casa paramos en las de los abuelos para que conocieran antes que nadie a su futura nieta.
Al acostarnos aquella noche, cansados tras el viaje, le dije a mi mujer que aun nos faltaba por hacer algo importante antes de dormir. Tere me miró cansada e inquisitiva.
—Ya que vamos a tener una nueva hija y que por lo tanto va a tener los mismos derechos, atenciones, dedicación y cariño por nuestra parte que nuestros otros dos hijos biológicos, —le dije —una buena forma de alcanzar esa igualdad es comenzar a aplicarla desde el principio, y si nuestros hijos biológicos han llegado a nosotros tras una noche de pasión, más o menos planificada, nuestra nueva hija no debe ser menos que sus hermanos —.
Razoné con Tere que necesitábamos una de esas noches especiales para recordar y sobre la que poder decir que nuestra hija había sido concebida, aunque fuera simbólicamente, porque el encuentro entre el óvulo y el espermatozoide se realizaría en el pensamiento en lugar de en el útero.
—Después de todo —le recordé —, nos han dicho las psicólogas del curso de preadopción que se pretende que la adopción sea lo más parecida posible a tener un hijo biológico, y qué mejor forma de asemejarlo lo máximo posible que hacer el amor —.
Aquella noche no le dolió la cabeza.
Al día siguiente escaneé las fotos y saqué muchas copias que repartí a toda la familia y a los amigos, y la que metí en mi cartera la enseñaba constantemente. Sé que mis hijos también enseñaban con orgullo las fotos de su hermana a sus amigos.
12:30 on marzo 16th, 2012
Cuanto tenemos todos en comun! imposible explicar!! ser felices!!!.Me ha encantado.