«No hay verdadera felicidad en el egoísmo», afirmaba George Sand. Pero puedo asegurar que fue el egoísmo el principal impulsor de este hermoso proyecto.
El primer día del cursillo Tere y yo estábamos nerviosos. Recuerdo que fuimos los primeros en llegar y al poco aparecieron Enrique y Susana. No comprendo cómo algunos de los aspirantes a padres llegaron tarde a algo tan importante.
Nos sentamos juntos en la habitación acondicionada como aula y, entre risas y nervios, esperábamos bolígrafo en ristre el momento de empezar a tomar apuntes.
El curso lo impartieron dos psicólogas muy amables que, para empezar, nos pidieron que nos presentáramos y explicáramos los motivos por los qué nos habíamos decidido a dar un paso tan importante como es el tener hijos por la vía de la adopción.
Casi todas las respuestas de los asistentes tenían que ver con la imposibilidad de tener descendencia biológica, y añadían que habían llegado a esta decisión después de intentarlo todo, incluso de someterse reiteradamente a severos tratamientos de fertilidad.
Las sillas formaban un arco alrededor de las psicólogas, y Tere y yo estábamos en uno de los extremos del semicírculo, por lo que fuimos los últimos a quienes tocaba responder. Cuando me llegó el turno me identifiqué, pero dije que prefería no explicar los motivos por los que deseaba adoptar ya que se trataba de una decisión muy personal y que mi carácter introvertido (¡quién lo diría!) me hacía muy difícil contestar abiertamente a preguntas tan íntimas. Las psicólogas insistieron varias veces porque me negué reiteradamente, pero lo hicieron con respeto y amabilidad y argumentaron que contarnos los motivos de esta trascendental decisión era una magnífica manera de conocernos un poco mejor y que sería muy bueno para el desarrollo del cursillo. Así que no pude seguir negándome y tomé la palabra.
—El egoísmo —dije sin más.
Se produjo un instante de silencio, creo que algunos se sorprendieron un poco por mi respuesta y me di cuenta de que hacía falta hacer alguna aclaración más, así que tomé de nuevo la palabra y continué.
—Sí, el egoísmo, ese es el principal motivo por el que me decidí a adoptar y por el que impliqué a mi mujer en esta complicada decisión. Y actúo con egoísmo porque sé que voy a obtener muchas satisfacciones con la crianza de esta hija. Quiero disfrutar viéndola crecer, reírme con sus risas, y ser feliz mientras procuro darle todo lo que pueda necesitar para que ella también sea feliz. Quiero ser feliz con su felicidad —expuse.
No sé si supe transmitir con claridad los auténticos motivos de mi decisión (tampoco sé si ahora he sabido explicarme lo suficientemente bien), pero quería dejar claro que, si adoptar niños es considerado por algunos como una obra de caridad y una gran suerte para esos niños sin padres por todo lo que estos pueden recibir de su nueva familia, también yo como padre adoptante iba a recibir de mi hija muchas cosas que sólo podría obtener si conseguía mi sueño de tenerla a mi lado.
Las psicólogas me dijeron que en ninguno de los cursillos habían oído una razón semejante.
—Pues os aseguro que ese es mi primer y principal motivo —, añadí.
Dejando los sentimentalismos a un lado, siempre entendí la adopción como un acto reflexivo, un “toma y daca”, en el que ambas partes damos y recibimos. Soy consciente de que en los hijos adoptados se produce un giro radical en sus vidas que probablemente sea a mejor, sobre todo si la criatura proviene de alguna zona tercermundista o simplemente de un entorno desfavorecido.
Pero en contra de los que algunos creen, adoptar no es un “acto de misericordia” (hermosa expresión que se transforma en horrible mensaje cuando se aplica a estos casos) porque los padres adoptantes recibimos de estos hijos muchas cosas que valen tanto o más que todo lo que nosotros podamos proporcionarles. Porque para muchas parejas sin hijos la adopción viene a satisfacer el deseo largamente perseguido de ser padres; para otros que ya tenemos hijos mayores la adopción proporciona la posibilidad de seguir escuchando las risas infantiles, y todos en general recibimos el cariño y la alegría que los niños llevan a las familias. En mi caso mi hija me dio, además, renovadas energías, más ganas de vivir y la posibilidad, por tercera vez en mi vida, de recuperar la capacidad de asombro que poco a poco, irremediablemente, el ser humano va perdiendo. Y sobre todo me ha dado la satisfacción de verla crecer feliz y con un prometedor futuro por delante.
El curso fue bastante entretenido, a lo largo del mismo hubo charlas, diálogos, hicimos supuestos de problemas con los que en el futuro nos podríamos encontrar una vez tuviéramos a nuestros hijos con nosotros,… e incluso hicimos representaciones teatrales de estos supuestos en los que me sorprendió mucho las habilidades interpretativas de mi cuñada Susana, quien me hizo creer que estaba francamente enfadada cuando en una de las actuaciones interpretaba el papel de hija adoptada, ya mayor, a la que se comunica por primera vez esta circunstancia.
El desarrollo del curso fue agradable, aunque hubo momentos en los que llegué a pensar que la intención de las charlas y actividades era quitarnos las ganas de adoptar. Yo creía erróneamente, y no era el único, que el objetivo principal del curso era asesorarnos en tan largo trámite, informarnos de la documentación que había que preparar, orientarnos con los trámites del país al que pensábamos dirigirnos, darnos consejos para afrontar el encuentro… en definitiva, en ayudarnos y hacernos más fácil todo lo relativo a la adopción. Sin embargo, durante el cursillo se hacía mucho hincapié en los problemas que los hijos dan, y especialmente en las dificultades específicas derivadas de tener un hijo adoptado.
Pregunté por qué insistían tanto en los problemas mostrándonos la peor parte de la adopción, cuando lo que íbamos buscando allí era consejos para llegar a buen fin en el intento de adoptar, y nos dijeron que la ilusión con la que iniciábamos esa aventura no podía desviar nuestra atención de la realidad. Si criar un hijo biológico es ya toda una difícil aventura, la condición de adoptado puede complicar aun más su crianza.
Entre todos los inconvenientes de los que nos hablaron, también nos explicaron que en el procedimiento de adopción no es posible elegir el sexo de la criatura, ni tampoco la edad (aunque ésta debe estar siempre dentro de los límites establecidos por la legislación en materia de adopciones). Argumentaban que la razón de estas restricciones radica en que se pretende que tener un hijo por la vía de la adopción sea lo más parecido posible a tenerlo como si fuera un hijo biológico. A mí nunca me convencieron esas razones, ya que para tener un hijo biológico no hace falta rellenar impresos, ni presentar solicitudes, ni certificar los ingresos familiares, ni ir al Notario, ni tampoco hacer un cursillo, ni tantos otros requisitos como los que nos exigen a los padres adoptantes. Cualquier pareja sin medios puede cargarse de hijos biológicos sin más condicionantes que los que la naturaleza impone, y no tienen que explicar a nadie las razones ni tampoco demostrar que tienen posibilidades para mantenerlos.
Sin embargo, con el paso del tiempo sí he llegado a comprender que se pongan tantas trabas y sean tantas las exigencias cuando se desea adoptar un hijo. Y es que tener un hijo es algo muy importante, y si bien la Administración no debe inmiscuirse en los deseos de una pareja que quiere procrear, otra cosa muy diferente es conceder un niño a unos padres. La responsabilidad de entregar un hijo es mucha, y comprendo que la Administración tenga que asegurarse de que hace lo correcto y lo que es mejor para la criatura, aunque esto conlleve papeleo, cursillos, entrevistas, informes, burocracia… y tantísima documentación como la que hay que preparar.
Por fin acabó el cursillo, y con el flamante diploma debajo del brazo ya podíamos dirigirnos a la Administración encargada de los asuntos sociales para presentar la solicitud que inicia el expediente de adopción.
Y aquí se acaban las coincidencias con mi hermano y su esposa. Se interrumpieron los planes conjuntos porque Susana (con la inestimable colaboración de Enrique) quedó completamente embarazada, y actualmente mi hija tiene una preciosa prima pequeña que se llama Laura, con la que juega muchísimo.
9:25 on agosto 12th, 2011
Claramente superaste el curso 🙂
Enhorabuena por tu hija. Si alguna vez deseáis que tenga un hermanit@ la vía de la adopción seguirá ahí.
Juan Carlos—