Dice el dicho que «la falta de noticias es una buena noticia», quizá por eso mi cuñada Paqui se asustó tanto cuando Tere le dijo que tenía algo importante que decirle.
El procedimiento de adopción iba, poco a poco, avanzando, y ahora, a punto de conseguir el Certificado de Idoneidad, sí nos pareció oportuno dar la noticia a toda la familia y a los amigos.
Yo esperaba ansiosamente el momento de comunicar la buena nueva, pero cuando llegó el día pude comprobar cómo Tere ya tenía, poco más o menos, todo el trabajo hecho. Resulta que a pesar de que nos propusimos discreción, casi toda la familia y los amigos más allegados conocían nuestro proyecto secreto, porque mi mujer se había encargado de informar a diestro y siniestro. Eso sí, a su vez había pedido discreción a todo el mundo. Durante todo el tiempo nuestro secreto estuvo a salvo, sólo lo sabíamos dos: nosotros y toda la provincia.
Recuerdo que una de las pocas personas que desconocía la noticia era mí cuñada Paqui. Tere la llamó por teléfono.
—Paca, tengo una noticia muy importante que darte —.
Acto seguido Tere lanzó una sonora carcajada antes de poder contarle nada más. Yo la miré extrañado. Luego, un poco más calmada le explicaba todo lo referente a nuestra futura hija para lo cual necesitó no menos de una hora y media. Cuando por fin, con la oreja roja, colgó el teléfono, le pregunté el por qué de la risa, y me contestó que tras decirle que iba a darle una noticia muy importante mi cuñada le había preguntado con preocupación si era que nos íbamos a divorciar.
Mis padres, Mercedes y Paco, también eran de los pocos que todavía desconocían lo que estábamos haciendo. Tere consideró que era yo quien debía decírselo. Al conocerla mi madre se molestó un poco por haber sido una de las últimas personas en enterarse, pero en seguida comprendió que no la informé antes porque quería hacerlo con un mínimo de probabilidades de éxito, y además le ahorré días de nerviosismo. A partir de ese momento mi madre se ilusionó mucho con nuestro proyecto, y cualquier cosa que le “sonara a chino” llamaba su atención. Si en un programa de televisión aparecían niñas chinas rápidamente nos llamaba por teléfono para que lo viéramos, si había visto a una niña china por la calle enseguida nos lo comunicaba. Una vez fue a una “tienda de los chinos” (antiguamente conocidas como las “tiendas de los veinte duros”) donde le envolvieron su compra en un papel de periódico de aquel país, y me lo guardó para que yo lo viera. Creo que llegó un momento en el que todo lo relacionaba con China. Estaba muy ilusionada con la llegada de su exótica nieta. Fue una gran lástima que pocos meses después de darle la noticia enfermara gravemente y apenas pudiera disfrutar de su nieta, porque tres meses después de nuestro regreso de China fue hospitalizada, falleciendo de una cruel enfermedad transcurridos otros tres meses más.
Mis suegros, Antonia y Paco, también fueron de los últimos en conocer la noticia y por los mismos motivos. En realidad creo que mi suegro nunca llegó a enterarse porque el avanzado estado de la enfermedad que padecía lo tenía postrado, sumido en un estado semiletárgico que le impedía el contacto con la realidad. También falleció al año y medio de nuestro regreso sin darse cuenta de que tenía una nieta más.
Pero dejémonos de tristezas.