Las ‘etiquetas’ marcan

etiquetas

Es muy tímido», «es muy malo y desobediente», «no se entera de nada», «es pasivo»… Lo que pensamos, lo que decimos… A veces no somos plenamente conscientes, pero al hablar juzgamos y etiquetamos a los niños prematuramente, condicionando su comportamiento y produciéndoles unas heridas que, metafóricamente, pueden llegar a estar sangrando durante muchos años si no se reconocen y cicatrizan correctamente. Es lo que algunos expertos llaman el «efecto pigmalión» de los padres sobre los hijos, o de los profesores sobre los alumnos, y que ya fue demostrado en un estudio realizado en 1968 por los psicólogos Rosenthal y Jacobson.

«Demasiadas veces se pronuncian sin querer expectactivas o prejuicios durante el proceso comunicativo con los más pequeños sin tener en cuenta que en el futuro pueden originar sentimientos, comportamientos o rendimientos no esperados y/o deseados», apunta Alba García Barrera, profesora de Psicología de la Universidad a Distancia de Madrid (Udima).

«Por eso, en toda relación entablada con niños y adolescentes debe prestarse especial atención a la forma en que expresamos y  transmitimos nuestras ideas, especialmente aquellas que afectan a su propia forma de ser, actuar o pensar sobre una determinada cuestión. En estas etapas se encuentran en pleno desarrollo físico, psicológico y afectivo, por lo que son altamente vulnerables a la
influencia que puede llegar a ejercerse sobre ellos por medio de la comunicación. Es bastante fácil afectar con nuestras palabras al autoconcepto y la autoconfianza del niño», explica García Barrera.

Expectativas y personalidad

¿Por qué sucede esto? «Porque solemos olvidar que una persona desarrolla la opinión que tiene de sí misma en función de las expectativas que depositan sobre nosotros las personas de referencia en nuestro entorno», prosigue Belén Sánchez-Laguía, psicóloga del hospital Nisa Valencia Al Mar. «Es decir, un niño va formando el concepto que tiene de sí mismo en base a las valoraciones que recibe de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos, de sus maestros… Y si de bien pequeñito no le consideran capaz de hacer determinada cosa, muy probablemente acabe siendo incapaz de hacerla. Y no porque no tenga capacidad o habilidades suficientes, sino porque su entorno más próximo le está transmitiendo este mensaje, que difícilmente le invitará siquiera a intentarlo
ni a probar suerte…», añade. «Si damos por supuesto que son desobedientes, desordenados, vagos… actuarán de esa forma. Pero también si esperamos lo contrario».

Motivar y elogiar

En el entorno familiar esta situación sucede demasiado a menudo, pero según Silvia Álava, directora del área infantil del centro Álava Reyes Consultores, tiene fácil solución. «Siempre digo que en español tenemos dos verbos, el ser y el estar. Y es común escuchar a un padre regañar al niño que se porta mal diciendo “eres malo”.Pero cuando esto ocurre el niño que se “está” portando mal no “es” malo». De hecho, la forma ideal de dirigirse a un niño sería, continúa Álava, «referirse a la conducta concreta que tiene en ese momento. Que se porte de una determinada manera no significa que sea algo inherente a su personalidad que nunca va a poder cambiar».

En definitiva, concluye Rosario Linares, psicóloga de El Prado Psicólogos, «lo que digamos sobre nuestros hijos puede marcarlos de por vida, así que para que confíen en sí mismos antes tenemos que haberlo hecho nosotros. Sólo sabiendo que son aceptados
tal y como son crecerán con una autoestima fuerte y sana».

Cambiar diagnósticos cuesta mucho, por Paulino Castells Psiquiatra de Familia y Profesor de la Universidad Abat Oliba (CEU)

Porque las etiquetas las carga el diablo… Esto lo saben bien mis alumnos de Psicología de la Universidad Abat Oliba CEU, de Barcelona. No me canso de repetirles que tengan mucho cuidado con poner etiquetas a los pacientes que el día de mañana acudirán
a sus consultas profesionales. Hay que estar muy seguro para sentar firmemente un diagnóstico. Ante la menor duda, mejor no ser categórico. En algunos casos, es mejor dejar tiempo al tiempo. Ver la evolución del caso. También hay que saber buscar el momento más idóneo para transmitir una presunción diagnóstica: valorar el estado de ánimo del paciente o de sus familiares, su capacidad
de comprensión, etc. Aunque se trate de diagnósticos precoces que luego se demuestra que eran correctos, a menudo no fueron explicados en el momento oportuno. Precipitación, inexperiencia, alarmismo… motivos habrá para argumentar esta inoportuna etiquetación que generó incertidumbre o innecesaria angustia. Pero la cuestión es que el paciente se va a su casa con la
etiqueta puesta. Y, luego, cuesta mucho borrar etiquetas.

Así, si el paciente diagnosticado se trata de un niño, a partir de ahora, todas las actuaciones de sus padres, demás familiares y maestros girarán en torno al diagnóstico emitido. Y no me estoy refiriendo a presunciones diagnósticas sin base y sin pruebas concluyentes, como cuando se dice a los padres de un lactante que ha tenido una crisis febril que «puede ser el inicio de una epilepsia»; o al niño que tarda en hablar que «quizá sea autismo », o al que no para quieto y se distrae a menudo que «es un TDAH»…
Porque, a veces, etiquetas más simples, que no implican una gravedad de pronóstico, también hacen mella en el entorno de un crío y lo hipotecan para siempre. Lo que sucede cuando se le sentencia con adjetivos tales como «es muy inteligente», o «algo retrasado» o «muy sensible», etc. Repitiendo los padres machaconamente estas etiquetas en todos los ámbitos en que se mueve el chaval, bien sea a los maestros de la escuela, o cuando va a casa de un amiguito, o a sus monitores deportivos. Y de aquí a tenerlo condicionado toda la vida entre algodones, hay un paso.

Fuente: ABC

 

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